Genealogía del linaje Guerrero de Arcos

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El Blasón de la herencia

Bendaña es un linaje gallego, cuyas armas son:

En campo de oro,
cinco roeles de sable puestos en sotuer
Escudo de Armas de Bendaña

El escudo de la familia encapsula un profundo simbolismo heráldico que refleja los valores y la trayectoria histórica del linaje. El campo de oro, emblema de generosidad, nobleza y elevación de espíritu, resalta la distinción de la familia, cuya honra y dedicación al servicio brillan con grandeza. Los cinco roeles de sable, formas circulares, evocan constancia, prudencia, sabiduría, riqueza y una lealtad inquebrantable, mientras que el tono negro (sable) añade una nota de sobriedad y firmeza. Su disposición en sotuer, formando una cruz de San Andrés, simboliza protección y cohesión ante la adversidad y un guiño al martirio y la fortaleza espiritual. En su conjunto, el escudo proclama los ideales de la familia: nobleza, perseverancia y tenacidad, forjados en un legado de generosidad y honor perdurable.

El escudo de armas primigenio del linaje Bendaña, tal como lo consigna el erudito Vicente de Cadenas y Vicent en su monumental Repertorio de Blasones de la Comunidad Hispánica, se compone de un campo de oro radiante, adornado con cinco roeles de sable dispuestos en sotuer, evocando una simetría heráldica de antigua nobleza. Con el transcurrir de los siglos, surgieron variaciones que enriquecieron su diseño original, mientras que ciertas ramas del linaje, al entroncarse con otros ilustres apellidos, adoptaron emblemas distintos, tejiendo así un tapiz genealógico de fusiones y evoluciones simbólicas.

En el documentado trabajo Heráldica en Boiro se presenta un venerable escudo de armas labrado en piedra que exhibe, con notable armonía, las armas combinadas de las antiguas e ilustres casas de Bendaña y Mariño.

Las armas propias de los Bendaña, que figuran prominentemente en la composición, consisten en un campo cargado con cinco roeles dispuestos en sotuer, esto es, formando la característica aspa o cruz de San Andrés. Esta unión heráldica en un mismo escudo revela una alianza o entronque entre ambos linajes, casi con seguridad sellada mediante matrimonio o algún otro vínculo nobiliario de la hidalguía gallega. No obstante, la efímera pervivencia histórica de tal combinación sugiere que dicha unión no gozó de larga duración en el tiempo.

La fecha del relieve es indeterminada, pues carece de inscripción; sin embargo dado que la construcción principal de la Casa-Fortaleza de Goiáns se remonta al siglo XVI, posiblemente erigida sobre los restos de una torre anterior destruida durante las Revueltas Irmandiñas del siglo XV, resulta probable que el escudo heráldico sea contemporáneo a dicha época.

En el mismo documento las armas de Bendaña se describen como un campo de oro con cinco roeles de azur (azul) en aspa (sotuer o cruz de San Andrés). Es muy posible que se eligiera esta configuración para crear una armonía con las armas de los Mariño, que son: de plata, tres fajas ondeadas de azur y, sobre ellas, una venera de oro.

Este escudo de armas representa fielmente las armas primordiales del linaje Bendaña en el siglo XVI. Lejos de ser una variante tardía o concesión posterior, constituye la forma originaria y pura que los primeros miembros del linaje ostentaron con legítimo orgullo, confirmando así —con la autoridad indiscutible de siglos de uso ininterrumpido— la tradición heráldica primigenia e inalterada de tan ilustre casa..

Ecos de la antigüedad en el apellido Bendaña

El apellido Bendaña genera un debate etimológico: ¿origen vasco, ligado al monte Mendigaña, o celta, en la herencia prerromana de Galicia? Exploraremos primero la hipótesis vasca  (desde la perspectiva del euskera) y luego su raíz celta galaica, con mayor evidencia documental, que confirma su auténtico y noble origen celta. Berlanga García sostiene que el apellido Bendaña hunde sus raíces en un origen ibero-euskérico, presentándolo como una evolución de Mendaña y, más atrás aún, de Mendigaña, un nombre que susurra historias de alturas y cumbres navarras. Según esta visión, su significado —«en lo alto del monte»— se descompone en el prefijo vasco mend- («monte») y el sufijo gaña («en lo alto»), evocando la imagen de una estirpe nacida entre las crestas de los paisajes vascos, con la parroquia de Santa María de Bendaña como un posible eco toponímico de esa herencia. López Mendizabal, refuerza esta tesis, clasificando a Bendaña como un apellido toponímico de clara raigambre vasca, un distintivo que trasciende fronteras, como lo atestigua la Fundación Vasco Argentina Juan de Garay, que lo incluye entre los linajes de origen vasco que han dejado una huella en Argentina. Lo que no es de extrañar, dada la rama vasca de la familia, asentada en Álava.

Inferimos que la atribución de un origen vasco al apellido Bendaña se debe a una confusión persistente con el linaje Mendaña, cuya etimología —por el prefijo «Mend-»— puede sugerir una procedencia vasca. Esta semejanza fonética ha favorecido reiteradas identificaciones erróneas entre ambos apellidos, algo que exploraremos posteriormente.

Parroquia de Santa María de BendañaNo obstante, esta narrativa se contrasta con un contrapunto sugerente y revelador. Joaquín Caridad Arias, al examinar «Bendaña (La Coruña, Pontevedra) y su variante Mendaña», destaca esa peculiar alternancia fonética entre b- y m-, y propone un origen celta para la raíz Bend-, vinculándola a vindos, una divinidad «blanca» o «sagrada» reverenciada por los antiguos celtas en los bosques y colinas de la Europa prerromana. Este eco ancestral sigue susurrando en la brisa galaica. Juan José Moralejos, con su rigor académico, refuerza esta celticidad al asociarla con windo y aporta un detalle clave: la sufijación «-ania» que derivó en «-aña», característica de los topónimos galaicos prelatinos, apunta a una antigüedad que trasciende la influencia romana. Este proceso lingüístico, que Cossue, también identifica en la evolución de «ni» más vocal a «ñ», se refleja en nombres afines como Beldoña, Bertoña o Besaña, topónimos gallegos que actúan como testigos vivos de un pasado remoto y fortalecen la hipótesis de la celticidad de Bendaña, arraigándola aún más en la geografía y la historia de Galicia. 

Complementando esta herencia celta, el linaje Bendaña también porta la marca de una influencia germánica a través de su ascendencia sueva. El linaje Bendaña guarda una profunda conexión con los suevos, una tribu germánica que estableció un reino en Gallaecia (actual Galicia y norte de Portugal) en el año 409 d.C. Según estudios genéticos, los suevos, originarios de las regiones del Báltico y el Elba, introdujeron el haplogrupo I-M223, presente en el 3–5% de los varones gallegos, en la Península Ibérica. Este haplogrupo es una marca distintiva de la ascendencia paterna de los Bendaña, reflejando su descendencia de estos antiguos colonos germánicos. Los suevos se mezclaron con la población romano-céltica local, dejando una huella genética y cultural perdurable en Galicia, particularmente en áreas como la parroquia de Santa María de Bendaña en Touro, La Coruña. La condición noble de los Bendaña, evidenciada por sus extensas propiedades y su papel en la Reconquista, se alinea con el legado de señorío y devoción cristiana de los suevos, entrelazando su linaje en el tapiz de la historia medieval gallega como descendientes de estos pioneros germánicos resilientes.

La mítica Santa María de Bendaña: cuna toponímica y epopeya reconquistadora del linaje

En el corazón verde de Galicia, a un suspiro de distancia de Santiago de Compostela —donde las campanas resuenan con ecos de peregrinación— se alza la Parroquia de Santa María de Bendaña, un rincón sereno enclavado en el Municipio de Touro, dentro de la brumosa provincia de La Coruña. Este lugar, bañado por la luz difusa que se filtra entre robles y castaños, no es solo un punto en el mapa, sino un testigo silencioso de la historia de una estirpe noble. Los señores de la casa de Bendaña, guardianes de un linaje que se pierde en las nieblas del tiempo, extendieron su dominio sobre un mosaico deCruceiro de Bendaña tierras y posesiones que dibujan un retrato de poder y arraigo. En la villa de Caldas, donde las aguas termales burbujean y los caminos se entrelazan como venas vivas hacia Santiago y Cuntis, poseían casas y bienes que hablaban de su influencia en un cruce de caminos ancestral. No lejos de allí, en Briallos, sus propiedades se alzaban entre colinas ondulantes, mientras que en Betanzos —la antigua ciudad de murallas y leyendas— y en Cambre, con su iglesia románica que desafía los siglos, sus dominios marcaban la tierra con la huella de su prestigio. Incluso en las tierras mindonieses de Riocorto, entre valles escondidos y ríos que cantan al pasado, los Bendaña dejaron su sello, tejiendo una red de señorío que unía la Galicia rural con los latidos de su historia medieval, como si cada piedra y cada sendero susurraran el nombre de esta familia forjada en la bruma y el honor

Concello de Touro, Parroquia de BendañaEn los días gloriosos de la aurora de los tiempos medievales, la parroquia de Santa María de Bendaña reposaba gentil dentro de los confines del Reino de León, un noble dominio cuya alma vibraba con el fuego indomable de la reconquista y el trazo sublime de lo que, con el paso de los siglos, se alzaría como la gloriosa España pionera de la Era de los Descubrimientos. Aquel reino, fundado en el año 910 tras la división de las tierras de Alfonso III, se erigió como baluarte de la cristiandad en un norte montaraz, extendiendo sus fronteras desde las tierras galaicas hasta las llanuras de Castilla, con el anhelo épico de unificar bajo una sola fe los territorios fragmentados de la península ibérica.

En medio de aquel tiempo turbulento, donde el eco de las espadas resonaba como un canto eterno contra los reinos moros del sur —los poderosos califatos de Córdoba y las taifas que les sucedieron— la estirpe de los Bendaña se alzó como un suspiro valiente, un linaje tocado por la gracia de la lealtad y el honor. Entregada con pasión callada, casi mística, a la guarda y el florecimiento de la cruz cristiana, esta familia noble no solo defendió las tierras de su parroquia, sino que se convirtió en un reflejo de la lucha mayor que definía su época. Se dice que el Reino de León, bajo monarcas como Ordoño II o Alfonso VI, encontró en estas nobles familias el músculo y el espíritu para enfrentar las incursiones almohades y consolidar su dominio, tejiendo así una leyenda que aún resuena en las piedras de sus iglesias y castillos.

La parroquia misma, dedicada a la Virgen María, se alzaba como un faro de esperanza en medio de las sombras de la guerra, sus muros testigos silenciosos de juramentos de fidelidad y plegarias elevadas al cielo en noches de incertidumbre. En un mundo donde la frontera entre la vida y la muerte era tan frágil como el filo de una espada, los Bendaña no solo protegieron su católica fe, sino que sembraron las semillas de una identidad que, con el tiempo, florecería en la rica complejidad histórica de la nación. Así, entre el clangor de las batallas y el suave murmullo de los ríos leoneses, su legado se fundió con el destino de un reino que soñaba con la eternidad.

Los miembros de la Casa de Bendaña no solo se destacaron por suCaballero de la Casa de Bendaña participación en las luchas locales y su contribución al desarrollo social y económico de su entorno, sino también por su implicación en las órdenes militares de la época. Estas órdenes, entre las que se encuentran las de Santiago, Calatrava, Alcántara y Montesa, fueron instituciones fundamentales en el esfuerzo bélico contra los moros en la Península Ibérica. Creadas con el fin de proteger a los peregrinos y recuperar territorios bajo dominio moro, estas órdenes se convirtieron en símbolos de la fe cristiana y la nobleza de guerra.

La pertenencia de los Bendaña con estas órdenes militares no solo evidencia su ferviente fe cristiana, sino que también refleja su rango en la sociedad y su papel en la consolidación de los reinos cristianos en la península. Al probar su nobleza en estas órdenes, los Bendaña reafirmaban su compromiso con la causa de la Reconquista. Esta participación activa en las órdenes militares les permitió acumular privilegios, tierras y reconocimiento, reforzando su influencia y legado en la historia de la región.

La casa de Bendaña

Monasterio de San Salvador de Camanzo
Durante los siglos XIII, XIV y XV, Galicia fue testigo del auge de linajes que se erigieron como pilares de la nobleza, tejiendo una red de poder e influencia que marcó profundamente la sociedad de la época. Entre estos, los Bendaña destacaban con un brillo singular, una familia hidalga cuya reputación resonaba en los círculos más elevados, compartiendo protagonismo con otros linajes ilustres como los Moscoso y los Montaos. Estas casas nobles no solo se distinguían por su linaje de sangre, un símbolo de prestigio en una sociedad jerárquica, sino también por su capacidad para moldear el destino de las ciudades gallegas a través de su participación activa en la política, la economía y la vida urbana.

Su influencia se desplegaba como un manto imponente, ocupando cargos de gran responsabilidad que abarcaban desde la administración de las urbes hasta funciones destacadas en la iglesia católica, donde a menudo actuaban como mecenas de monasterios y catedrales, o incluso ostentaban títulos eclesiásticos de peso. En un contexto donde el poder se entrelazaba con la fe, los Bendaña, junto a los Moscoso y los Montaos, se convirtieron en auténticos artífices del paisaje social y espiritual de Galicia, dejando un legado que perduraría en la memoria colectiva de la región. 

Las Glorias Nacionales, Grande Historia Universal
Las primeras noticias del linaje datan de 1253, cuando don Alfonso Ruiz de Bendaña donó sus bienes al monasterio benedictino de San Salvador de Camanzo (Vila de Cruces, Pontevedra), fundado en el siglo X por los condes de Deza y donado en 1115 a la Iglesia de Santiago. Pidió ser enterrado allí, uniendo su legado a la esfera espiritual.

En el mismo siglo XIII destaca don Fernán Rodríguez de Bendaña, juez eclesiástico de Santiago, autoridad judicial clave en el derecho canónico, que resolvía disputas con rigor divino. Formaba parte de una tradición familiar eclesiástica: era tío de don Ñuño González (o Fernández) de Bendaña, arcediano de Reina, quien testó en 1348 legando bienes a la Iglesia, como a Santa María da Franqueira (La Cañiza, Pontevedra), santuario mariano de origen medieval.

Otro don Nuño Fernández de Bendaña, arcediano de Salnés, testó en 1276 legando sus Decretales (compilación canónica) a su nieto Andrés, hijo de Sancho de Grez, reflejando la paternidad (a menudo ilegítima) común en el alto clero medieval.

En el siglo XIV, el linaje se vinculó a la Orden de Santiago. Don Lope Sánchez de Bendaña, comendador mayor de Castilla, administró encomiendas como Segura de la Sierra y refugió al maestre Fadrique Alfonso (hermano bastardo de Pedro I). Acusado de favorecer a Blanca de Borbón, fue ejecutado por orden de Pedro I en 1358, causando un vacío de poder y confiscaciones que frenaron la expansión familiar en las décadas de 1360-1380.

Don Álvaro Rodríguez de Bendaña, comendador de Montemolín, apoyó a Pedro I en la guerra civil castellana (1350-1369), sufriendo exilio y pérdida de bienes tras la victoria de Enrique II en 1369. El linaje pagó caro su lealtad petrista con sangre, destierro y ruina.

En 1379, doña María González de Bendaña reclamó feligresías (tierras parroquiales con rentas) de su padre y hermano, mostrando el papel femenino en la preservación del patrimonio.

Tras la guerra civil, el linaje tornó hacia perfiles señoriales y eclesiásticos en el siglo XV. Doña Inés Alfonso de Bendaña, viuda del mariscal portugués Gonzalo Vázquez de Acevedo (muerto en Aljubarrota, 1385), recibió en Castilla un juro vitalicio de 15.000 maravedíes, legando parte a su nieto monje y al monasterio de San Benito de Valladolid.Don Álvaro Núñez de Isorna y Bendaña (bisnieto de Sancha de Bendaña), obispo de Mondoñedo, León, Cuenca y arzobispo de Santiago (1445-1449), destacó como diplomático (Concilio de Basilea), consejero real y orador. Estudió en Salamanca, sirvió a Juan II y quiso en su sepulcro el escudo Bendaña.

Otros clérigos incluyen don Alonso Sánchez de Bendaña, deán de Santiago (tradujo a Séneca al castellano) y luego obispo de Burgos; don Rodrigo Ares de Bendaña, obispo titular de Laodicea (título in partibus); y don Diego Mínguez de Bendaña, obispo de Oviedo hacia 1517.

Eduardo Pardo de Guevara y Valdéz, en su monumental obra De las viejas estirpes a las nuevas hidalguías: El entramado nobiliario gallego de la Edad Media, desentraña con maestría la profunda y casi mística conexión del linaje Bendaña con la Iglesia de Santiago, un eje de poder espiritual y temporal que dominaba las tierras gallegas como un faro en la bruma medieval. Este historiador pinta a los Bendaña como una estirpe ancestral, no solo arraigada en la nobleza terrenal, sino entretejida con las altas esferas eclesiásticas, floreciendo bajo la sombra protectora de la catedral compostelana, cuya influencia se extendía desde los altares hasta los confines de la Cristiandad gracias al fervor del Camino de Santiago. Lejos de ser meros espectadores, los Bendaña se alzaron como protagonistas en este escenario sagrado, consolidando su prestigio al amparo de una institución que era tanto un santuario como una fortaleza de autoridad.

Extinción de la línea troncal del linaje bendaña

La casa solariega del linaje Bendaña se encontraba en la feligresía de Santa María de Bendaña (hoy municipio de Touro, cerca de Santiago de Compostela). Su existencia, como hemos visto, está documentada desde el siglo XIII. 

En la Galicia medieval, se distinguían claramente las ramas troncales (depositarias del mayorazgo, el señorío y la jurisdicción) de las ramas colaterales (que mantenían la hidalguía y el escudo sin restricciones, pero sin el poder económico ni territorial principal). El mayorazgo, institución que vinculaba bienes indivisos al primogénito varón para evitar la fragmentación del patrimonio, se formalizó en las Leyes de Toro de 1505. Los segundones conservaban plenamente su condición nobiliaria, transmitida por sangre, y usaban el escudo familiar sin modificaciones, siguiendo la tradición heráldica castellana de libertad en el uso de blasones.

Ocaso del señorío feudal de Bendaña

En el siglo XVI, la rama troncal masculina del linaje Bendaña se extinguió, transmitiéndose el Señorío de Bendaña por vía femenina, lo que marcó el fin de la continuidad por vía masculina.

La línea varonil sufrió graves golpes: En la guerra civil castellana (1366-1369), entre Pedro I y Enrique de Trastámara, caballeros Bendaña como Lope Sánchez (comendador mayor de Castilla) y Álvaro Rodríguez (comendador de Montemolín), ambos de la Casa de Bendaña y de la Orden de Santiago, fueron ejecutados o exiliados (algunos a Portugal), con confiscación de bienes. Se hipotetiza que hacia 1400-1420 el linaje recuperó el señorío mediante pleitos, alianzas matrimoniales y acuerdos con la Corona, posiblemente iniciando proximidad con los Ulloa.

En la Gran Guerra Irmandiña (1467-1469), revuelta campesina y popular contra el poder señorial (con tolerancia de Enrique IV), la torre o fortaleza del solar en Touro fue asaltada y destruida por los irmandiños, junto con centenares de fortificaciones gallegas. Esta devastación aceleró el debilitamiento material y simbólico de la rama principal.

Doña Inés de Bendaña y la transición a los Ulloa

Hacia las primeras décadas del siglo XVI, doña Inés de Bendaña era la titular del Señorío de Bendaña. Hija del Señor de Bendaña (cuyo nombre se desconoce) y de doña Violante das Seixas (linaje noble de Lugo, Arzúa y Melide), representaba la hidalguía tradicional gallega.

Doña Inés casó con don Gonzalo de Ulloa, unión que integró definitivamente el Señorío de Bendaña en el patrimonio de la Casa de Ulloa. En 1519 otorgó poder a su esposo para disponer del coto de Bendaña, confirmando su titularidad privativa.

Imágenes del poder otorgado por doña Inés de Bendaña a don Gonzalo de Ulloa

De este matrimonio nació don Fructuoso de Ulloa, regidor de Santiago, quien heredó directamente de su madre el coto de Bendaña y la capellanía de Santa María de Bendaña.

Posteriormente, doña María de Ulloa y Rivadeneyra aportó los dominios de Bendaña en dote a su hijo don Rodrigo Antonio Falcón de Ulloa y Rivadeneira, quien el 27 de octubre de 1692 obtuvo de Carlos II el título de marqués de Bendaña por Real Despacho. El marquesado adoptó íntegramente las armas Ulloa sin conservar los roeles Bendaña. 

Apellidos fonéticamente afines a Bendaña

Las coincidencias fonéticas entre apellidos suelen generar falsas suposiciones de parentesco genealógico, llevando a adoptar narrativas, tradiciones o identidades que no corresponden a la historia documentada. Este fenómeno ilustra cómo la similitud sonora puede moldear la memoria familiar más que la evidencia histórica real.

Abendana

Algunos han sugerido un origen sefardí para Bendaña, asociándolo a la variante Abendana. Sin embargo, no existe evidencia histórica, genealógica ni documental que vincule ambos linajes.  El apellido Bendaña está sólidamente documentado desde el siglo XIII en Galicia, con fuerte tradición católica: sus miembros ocuparon cargos eclesiásticos (obispos, deanes, arcedianos, canónigos, jueces eclesiásticos) y militares (comendadores de la Orden de Santiago), mucho antes del Decreto de la Alhambra (1492).  Su origen es romano-céltico, con raíces germánicas, de ascendencia sueva (pueblo que estableció reino en Gallaecia en 409 d.C.), asociada al haplogrupo I-M223 (presente en 3-5 % de varones gallegos).  Así como céltica prerromana: el topónimo Bendaña deriva de la raíz céltica vindo- (‘blanco’, ‘claro’ o ‘sagrado’) más el sufijo prelatino -ania.

En contraste, Abendana es un ilustre apellido sefardí similar a Bendaña, pero que no tiene ninguna relación con éste, y posiblemente la fuente de confusión sobre el origen del apellido Bendaña. El apellido Abendana tiene su origen a inicios del siglo XVII —varios siglos después de la aparición de los primeros Bendaña en la historia— cuando Marano Francisco Núñez Pereyra, originario de España y asentado en Portugal, se estableció luego en Ámsterdam. Al perder a su primer hijo, Justa Pereyra, su prima y esposa, atribuyó la pérdida a que Marano no había aceptado la Alianza de Abrahán. Marano realizó el rito y adoptó el nombre de David Abendana, para luego fundar la primera sinagoga de Ámsterdam.  El significado del prefijo aben es «descendiente de» del árabe lbn, relacionado con el hebreo ben y el sufijo dana es el femenino de Dan, hijo de Jacob, fundador de la Tribu de Dan.

El origen de Abendana se encuentra perfectamente documentado en la Enciclopedia Judía de 1906.

Abendana en la  Enciclopedia Judía de 1906

Mendaña

Uno de los errores más persistentes en la genealogía hispánica es la confusión entre los apellidos Bendaña y Mendaña.

La supuesta conexión entre ambos linajes se ha sostenido tradicionalmente sobre tres pilares que, aunque aparentemente sólidos, no resisten un examen crítico riguroso: la notable similitud sonora entre Mendaña y Bendaña, la proximidad geográfica entre la comarca leonesa de El Bierzo y las antiguas tierras de Santiago, y la coincidencia en el empleo de cargas heráldicas circulares (roeles) en sus respectivos escudos.

El linaje Bendaña tiene su solar primitivo en Galicia, concretamente en la parroquia de Santa María de Bendaña, lugar documentado desde la plena Edad Media.

Por su parte, los Mendaña se asentaron en El Bierzo a partir del siglo XIV. No existe evidencia documental fiable que permita postular un tronco común con los Bendaña gallegos. Las frecuentes confusiones históricas suelen obedecer a deformaciones fonéticas, errores de transcripción o movimientos migratorios puntuales.

Avendaño

A menudo, por su similitud fonética, se confunden los apellidos Bendaña y Avendaño, lo que ha llevado a algunos a considerarlos variaciones del mismo linaje. No obstante, cada linaje tiene un origen y desarrollo distintos.

Avendaño es patronímico gallego, derivado de Mendo/Menendus (antropónimo germánico), que pasó a Mendayo,  y luego a Avendaño/Abendaño. Se estableció en el País Vasco (San Martín de Avendaño, Álava), donde adquirió gran poder político y militar, participando en banderías y servicio a la Corona. Algunas ramas se extendieron a Sevilla, Cantabria y América.   

En conclusión, el linaje Bendaña es una expresión propia de la identidad galaica medieval: sustrato céltico prerromano en el topónimo, herencia sueva germánica, consolidación católica nobiliaria y eclesiástica desde el siglo XIII.

El linaje Bendaña en Nicaragua

El puerto de la ciudad de Granada, Nicaragua, en el siglo XIXEl linaje Bendaña tuvo su origen en Nicaragua a comienzos del siglo XVIII, floreciendo en una era de grandiosidad y vibrante dinamismo dentro del vasto imperio español. En aquel entonces, la autoridad real, emanada desde la distante pero imponente metrópoli, se proyectaba con esplendor a través de las tierras de ultramar, alcanzando incluso los confines de la Nueva España, un territorio que abarcaba todo el México actual, Centroamérica hasta Costa Rica (Capitanía General de Guatemala), el suroeste de los actuales Estados Unidos (California, Nuevo México, Texas, Arizona, Nevada, Utah y partes de Colorado y Wyoming), Florida, las Antillas españolas (Cuba, Puerto Rico, Santo Domingo y Trinidad), las Islas Filipinas y otras posesiones del Pacífico (como las Marianas y Carolinas).

En la relación de las generaciones de la familia Bendaña en Nicaragua, pondremos especial atención en aquellas que conducen hacia Bendaña Guerrero de Arcos, aunque también destacaremos a miembros notables del linaje.

I. Andrés de Bendaña y Moscoso

En las nieblas perfumadas de Galicia vio la luz don Andrés de Bendaña y Moscoso, alrededor de 1670, en el corazón empedrado de La Baña —A Baña en la lengua galaica— un rincón soberbio de la provincia de La Coruña, a cincuenta y dos kiloómetros al suroeste de su capital altiva, como un baluarte de piedra y devoción enclavado en las colinas que besan el cielo atlántico. Hidalgo de solar esclarecido, portador del augusto tratamiento de «don», maestre de campo y mercedario en las sombras de un linaje forjado en el yunque de la Reconquista, don Andrés, a las puertas del siglo XVIII, plantó la semilla Bendaña en las tierras ardientes de Nicaragua, anclando su estirpe en Granada, una perla del Reino de Guatemala, donde los volcanes dormidos y el gran lago espejeantes tejerían un nuevo tapiz de glorias transatlánticas.  

Un solar esclarecido es un concepto empleado para identificar el origen geográfico e histórico de un linaje noble o hidalgo de gran distinción en España. Se refiere a la casa solariega (el lugar de origen de la familia) considerada antigua y honrosa. Esto significaba que sus miembros se habían mantenido libres de cualquier mancha social que pudiera deshonrarlos, como el ejercicio de oficios viles (trabajos manuales tenidos por indignos de la nobleza) o, en el contexto español, la ascendencia judía o musulmana (pureza de sangre), lo que garantizaba un alto prestigio y la confirmación de sus privilegios.

Las raíces de don Andrés se hunden profundas en la mítica parroquia vecina de Santa María de Bendaña, en Touro, adyacente como un hermana de sangre a La Baña que, en los crepúsculos del siglo XVII, bullía en un florecimiento barroco de opulencia rústica —heredero de la prosperidad del siglo anterior— donde las campanas tañían himnos de piedra en torres-campanario que se alzaban imponentes como guardianes celestiales en las iglesias de Fiopáns y Monte, y palacios como el pazo de Leis se erguían en un ballet de arcos y blasones, reflejo vivo de un auge arquitectónico y económico que brotaba de la tierra fecunda: labrantíos de trigo y viñas que nutrían almas y cuerpos, entrelazados con la devoción popular que perfumaba el aire de incienso y promesas eternas, un canto barroco a la generosidad de la tierra galaica que, cual río inexorable, fluiría hasta los horizontes nicaragüenses.

El apellido Moscoso figura entre los linajes nobles más vetustos de Galicia, con orígenes posiblemente visigodos. Emergiendo de uno de los cuatro solares ancestrales gallegos, el clan se afianzó en la Edad Media como hidalgos prominentes en los reinos de León y Galicia, expandiendo su influencia en el siglo XV mediante matrimonios estratégicos y dominios señoriales, como los de los condes de Trastámara y los marqueses de Altamira. En el siglo XVIII, se unió a la casa Osorio, dando origen a la dinastía Osorio de Moscoso. [37]

La pertenencia a la Orden de la Merced no se limitaba a los religiosos profesos (frailes), sino que incluía también a numerosos laicos que, sin tomar votos ni ingresar en la vida conventual, se incorporaban como hermanos terceros o cofrades, participando activamente en sus obras de caridad y redención. La Orden de la Virgen María de la Merced de los Redentores de los Cautivos, fundada en 1218 por San Pedro Nolasco en Barcelona con carácter religioso-militar, se había dedicado originalmente a la liberación de cristianos cautivos en manos musulmanas mediante rescates, sustituciones voluntarias o mediaciones diplomáticas. Durante la era virreinal, los mercedarios —tanto frailes como los laicos asociados— ampliaron su labor hacia la evangelización, la fundación de conventos, la enseñanza y el apoyo a las guarniciones virreinales, atrayendo a aristócratas y oficiales precisamente por esa fusión de piedad religiosa y prestigio nobiliario que facilitaba su inserción en sociedades como la Capitanía General de Guatemala. Para finales del siglo XVIII, la orden contaba con ocho provincias en América y seguía siendo un instrumento decisivo en la difusión del catolicismo.

Una vez establecido en Granada, don Andrés de Bendaña y Moscoso unió su destino al de doña Francisca Hurtado de Mendoza y Orozco en un lazo matrimonial que tejía hilos de oro transatlántico, sellando alianzas de linajes bajo el sol implacable del Reino de Guatemala. Doña Francisca, nacida en el seno mismo de esa Granada de leyendas, era hija del capitán y regidor don Mateo Hurtado de Mendoza, nacido en las tierras ibéricas alrededor de 1650, cuya estirpe esclarecida había anclado sus raíces en Granada en 1667, como un baluarte de honor español en medio de las brumas americanas, y de doña Agustina de Orozco, retoño de don Francisco de Orozco, quien, cruzando las olas traicioneras del Atlántico, llegó de España a esta joya nicaragüense, estableciéndose hacia las entrañas del siglo XVII en un abrazo de piedra y devoción que perfumaba el aire de incienso y ambición.



Para entonces, don Andrés blasonaba su escudo heráldico con la generosidad de un roble ancestral —aquel campo de oro salpicado de roeles sable en sotuer, emblema de perseverancia y nobleza— colocándolo altivo sobre la puerta de entrada de su morada, un gesto que clamaba estatus nobiliario y orgullo familiar como un himno tallado en la fachada, práctica ancestral en las casas hidalgas conocidas como «casas blasonadas», donde cada blasón susurraba sagas de reconquistas y peregrinajes, guardianes mudos de un legado que desafiaba siglos y mares.



Aunque algunas fuentes indican que don Andrés de Bendaña y Moscoso arribó a Nicaragua en 1713, tal afirmación resulta improbable, dado que su hijo don Juan Antonio nació en 1712, fruto de su ya consumado matrimonio con doña Francisca en Granada. Más verosímil es que don Andrés se estableciera en Granada entre 1700 y 1710, en el marco de las migraciones de hidalgos del norte peninsular —incluidos gallegos— hacia las Indias españolas, impulsadas por redes de asociaciones destinadas a asegurar colocaciones militares y la salvaguarda de su condición nobiliaria. 

De don Andrés de Bendaña y Moscoso y de doña Francisca Hurtado de Mendoza y Orozco descienden:

II.  José de Bendaña y Moscoso y Hurtado de Mendoza – hijo de I. Andrés.

Don José, licenciado y presbítero de la diócesis de Nicaragua y Costa Rica. Como ilustre clérigo patrimonial en la Granada del siglo XVIII, encarnó la sabiduría de un hidalgo gallego al abrazar las órdenes menores, un rol que enriqueció su linaje mediante papeles pastorales que preservaron propiedades familiares y forjaron alianzas duraderas en la Capitanía General de Guatemala. De este modo, consolidó un legado de devoción equilibrada, prosperidad nobiliaria y contribuciones firmes a la fe y la Corona.  

II.  Nicolasa de Bendaña y Moscoso y Hurtado de Mendoza – hija de I. Andrés

II.  Andrea de Bendaña y Moscoso y Hurtado de Mendoza – hija de I. Andrés

Doña Andrea de Bendaña y Moscoso y Hurtado, dama de refinada belleza y distinción que irradiaba el encanto de los linajes antiguos, unió su camino al de don José González y Rancaño [46], un hombre de autoridad serena y temple inquebrantable que gobernó Nicaragua entre 1751 y 1756 con la firmeza de quien asume el mando de un vasto territorio virreinal.

Tras detentar interinamente la gobernación de Costa Rica (1757-1758), don José asumió el cargo de corregidor en las provincias de Chiquimula y Zacapa, dentro de la Capitanía General de Guatemala —región que atañe al actual territorio guatemalteco— ejercicio de alta responsabilidad administrativa y judicial en el engranaje de la monarquía hispana, hasta su deceso acaecido el 2 de julio de 1776. Establecidos ya en Guatemala, doña Andrea procreó a sus hijas: doña Juana, que unió su sino conyugal a don Juan Antonio Gutiérrez; doña Magdalena; doña Micaela; y doña Manuela, vástagos que propagaron la prosapia familiar allende las lindes del mundo de la América Española. 

II. Juan Antonio de Bendaña y Moscoso y Hurtado de Mendoza – hijo de I. Andrés.

Don Juan Antonio nació alrededor de 1712 y contrajo matrimonio hacia 1735 con doña Josefa Jacinta de Zurita y Pasos.

Doña Josefa Jacinta de Zurita y Pasos perteneció a la élite granadina, nacida en las primeras décadas del siglo XVIII en el seno de familias hidalgas de origen español. Era hija de don Manuel Valentín de Zurita —nacido antes de 1680 en España, Escribano Real en Granada desde 1711, quien ascendió a capitán y alcalde ordinario— y de doña Agustina de Pasos, fallecida hacia 1719 en Granada.

Don Tomás Ayón relata que don Juan Antonio de Bendaña, en su calidad de regidor del Cabildo Secular de Granada, desempeñó un papel clave al suscribir la representación de 1756, un documento de oposición contra el particular don Juan Bautista Almendares. Bajo el gobierno del gobernador don José González Rancaño, el Cabildo buscaba salvaguardar los propios y arbitrios de la Ciudad de Granada, en particular el derecho de pasaje por el río de Tipitapa, que se arrendaba tradicionalmente. Don Juan Antonio, junto a otros miembros de la Corporación, alegó que Almendares había obtenido el privilegio de manejar el nuevo puente y cobrar el pasaje mediante informes falsos, y que la fundación del pueblo de San José de Tipitapa, lejos de ser útil, resultaba perjudicial al convertirse en un refugio de vagabundos y debilitar las defensas de Granada. Su participación lo posicionó como un defensor de la jurisdicción y las rentas municipales contra las amenazas percibidas en los privilegios concedidos a Almendares por el Superior Gobierno.

De don Juan Antonio descienden:

III. Manuel de Bendaña y Moscoso y Zurita – hijo de II. Juan Antonio.

Don Manuel de Bendaña y Moscoso y Zurita, reverendo padre y presbítero distinguido en la diócesis de Nicaragua durante el siglo XVIII, encarnó la profunda tradición eclesiástica que tejía el tapiz nobiliario de la familia Bendaña. Don Manuel abrazó la vocación sacerdotal desde joven, ordenándose en un período donde la Iglesia católica servía como pilar de la estabilidad virreinal, administrando sacramentos en parroquias que bullían con el comercio de indigo y cacao, mientras las campanas de la Catedral de Granada tañían ecos de lealtad a la Corona española. Su ministerio no se limitó a los ritos litúrgicos; como presbítero, participó en las misiones de catequesis entre indígenas y mestizos, resolviendo disputas canónicas y velando por los bienes eclesiásticos que sostenían obras piadosas, como la construcción de capillas y el socorro a los pobres. En esta labor, don Manuel perpetuó el legado de sus antepasados —desde los comendadores santiaguistas en la Reconquista hasta los pioneros como don Andrés en Nicaragua— posicionándose como un baluarte de fe equilibrada que unía la pluma pastoral con el honor familiar, asegurando que el blasón Bendaña resonara no solo en salones hidalgos, sino en los altares de una extensa diócesis, forjando así un puente eterno entre la tierra galaica y el espíritu virreinal americano.  


III. Tomasa de Bendaña y Moscoso y Zurita – hija de II. Juan Antonio.

Doña Tomasa de Bendaña y Moscoso y Zurita, nacida bajo el sol ardiente de Granada y fallecida el 24 de junio de 1810 en la apacible San José de Costa Rica, tejió su propia saga al desposarse en 1788 con don Juan Manuel de Cañas Trujillo y Sánchez, coronel de los Reales Ejércitos cuya carrera culminó como gobernador de Costa Rica en 1819, un militar cuya espada y pluma dejaron marcas en una época de cambios turbulentos.  De esta unión nació don Manuel Antonio de Cañas y Bendaña, un hijo de Granada que vino al mundo hacia 1789, heredero de un legado de nobleza y ambición.

III. José de Bendaña y Moscoso y Zurita – hijo de II. Juan Antonio.

Don José de Bendaña y Moscoso y Zurita se destacó como militar en la estructura virreinal española en Nicaragua. Hijo de don Juan Antonio de Bendaña y Moscoso y de doña Josefa Jacinta de Zurita y Pasos, nació aproximadamente entre 1740 y 1750 en Granada, Nicaragua, en el seno de la familia Bendaña, de origen hidalgo.

Desempeñó mandos en guarniciones y participó en actividades administrativas y defensivas de la Capitanía General de Guatemala, en un contexto de tensiones fronterizas con piratas y amenazas externas. Su rango reflejaba una integración profunda en la élite local granadina, vinculada a actividades notariales, eclesiásticas y burocráticas del orden virreinal.

En primeras nupcias contrajo matrimonio con doña Bonifacia Ruiz —fallecida antes del año 1800, según alusiones testamentarias—, de cuyo enlace se conoce al menos una hija: Balthassara de Bendaña y Ruiz.

En alguna fuente se atribuye la paternidad de Cleto y Feliciano a Andrés de Bendaña y Moscoso, bisnieto del fundador del linaje en Nicaragua y, por consiguiente, integrante de la cuarta generación de la estirpe.

No obstante, nuestra investigación genealógica indica que tanto Anacleto como Feliciano fueron hijos de don José de Bendaña y Moscoso y Zurita, lo que los convierte en primos hermanos de Andrés.De lo expuesto se infiere que, tras el fallecimiento de doña Bonifacia Ruiz, don José contrajo segundas nupcias con una dama de apellido Montoya, cuyo nombre de pila se desconoce, y que de dicha unión provienen Anacleto y Feliciano.


IV. Feliciano de Bendaña y Montoya – hijo de III. José.

IV. Anacleto de Bendaña y Montoya – hijo de III. José.

En 1811, los hermanos Anacleto (conocido familiarmente como Cleto) y Feliciano de Bendaña, envueltos en un torbellino de acontecimientos, se Placa colocada en el monumento a los Héroes de 1811vieron inmersos en el corazón de la lucha por la secesión de Centroamérica de España. En ese contexto, su actuación los llevó a distanciarse de una tradición familiar que, durante siglos, había estado marcada por la lealtad a España y a la Corona. El 22 de diciembre, junto a un grupo de decididos seguidores del movimiento secesionista, encendieron la chispa de una rebelión que buscaba cambiar el rumbo de la historia. En un cabildo abierto que vibró con la tensión del momento, lograron destituir a los funcionarios leales a la Corona, un gesto que resonó como un eco de transformación en las tierras centroamericanas. Sin embargo, la respuesta no se hizo esperar: desde Guatemala llegaron tropas enviadas por las autoridades de la Capitanía General, que pusieron fin al levantamiento con rapidez y determinación, restableciendo el orden establecido.

Acerca de la separación de Hispanoamérica de España, no resulta preciso emplear el término «independencia» en su sentido estricto, dado que los actuales países hispanoamericanos no eran colonias subordinadas a España, sino partes plenamente integradas de ésta.

En efecto, el artículo 1 de la Constitución de Cádiz de 1812 [55] establece que «La Nación española es la reunión de todos los españoles de ambos hemisferios», integrando así a los territorios hispanoamericanos, incluyendo a Centroamérica, como componentes de España con igualdad jurídica.

Este principio no constituía una novedad, sino la continuación de una concepción integradora ya arraigada en el ámbito hispano. Esta concepción se manifestaba tempranamente en los fundamentos mismos de la monarquía hispánica, como en el Testamento de Isabel la Católica de 1504, que incorporaba explícitamente las Indias a los Reinos de Castilla y León con carácter perpetuo, declarando: «Otrosí, por quanto las Yslas e Tierra Firme del mar Oçéano e yslas de Canaria fueron descubiertas e conquistadas a costa d’estos mis reynos e con los naturales d’ellos, e por esto es razón que’l trato e provecho d’ellas se aya e trate e negoçie d’estos mis reynos de Castilla e León e en ellos e a ellos venga todo lo que de allá se traxiere; por ende, ordeno e mando que así se cunpla, así en las que fasta aquí son descubiertas como en las que se descubrieren de aquí adelante, e no en otra parte alguna», para garantizar su gobierno bajo las mismas leyes y privilegios que los territorios peninsulares, sin subordinación alguna, y enfatizando el retorno de todos los beneficios y el trato justo a los indígenas como súbditos protegidos. Esta unión accesoria, ratificada en reales cédulas posteriores como las de 1519 y 1523 —que prohibían explícitamente cualquier enajenación o separación de estos dominios— y codificada en la Recopilación de Leyes de los Reinos de las Indias de 1680, subrayaba que los territorios americanos son y han de ser siempre incorporadas a los reinos de Castilla, equiparando así a sus habitantes como súbditos plenos de la Corona, con derechos idénticos a los de los castellanos o aragoneses, incluyendo el acceso a audiencias reales y consejos para la defensa de sus intereses. De este modo, se fomentaba una identidad compartida más allá de las distancias oceánicas, tejiendo un imperio no como un conjunto de posesiones periféricas, sino como un vasto cuerpo político unificado bajo la soberanía indivisible del monarca.

Esta visión integradora trascendía el ámbito jurídico para impregnar la vida cotidiana, social y religiosa del imperio, donde las instituciones y prácticas colectivas reflejaban la igualdad de súbditos sin distinción geográfica, tejiendo lazos de pertenencia común que unían península y ultramar en una identidad hispánica indivisa.

Así esta concepción integradora —que concebía a América como parte indisoluble de España— se manifestaba en todos los actos colectivos, incluso los religiosos, como lo atestiguan  los Estatutos Fundacionales de la Archicofradía de la Santísima Resurrección de Christo Nuestro Redentor, fundada en 1579 y publicados en 1603, proclamaban: «Siendo esta Archicofradía propia de la Nacion Española, es necessario, que el que hubiere de ser admitido á ella, sea Español, y no de otra nacion; declarando para el dicho efecto tener la calidad de Español tanto el que fuere de la Corona de Castilla, como de la de Aragon, y del Reyno de Portugal, y de las Islas de Canaria, Màllorca, Menorca, Cerdeña, Terceras, y Islas y tierra firme de ambas Indias, sin ninguna distincion de edad, ni sexo, estado, ni condicion de persona; ò sea nacido en qualquíera de las dichas tierras, ò hijo de nacido en ellas», [56] reconociendo de este modo a los hispanoamericanos como españoles sin distinción alguna.

En este sentido integrador, el Imperio español evocaba la tradición romana de la civitas universal, donde las provincias ultramarinas se incorporaban como extensiones plenas del cuerpo político —con ciudadanía compartida, leyes uniformes y participación institucional— tejiendo una monarquía compuesta que trascendía la mera dominación para forjar una identidad hispánica cohesionada. Estos contrastes responden a profundas diferencias ideológicas y estructurales en la formación de los imperios europeos: la española, arraigada en el catolicismo  y la herencia romana, concebía el dominio como una extensión orgánica de la soberanía monárquica para la salvación universal y la justicia divina, fomentando la incorporación de súbditos en un cuerpo político compartido; en cambio, los modelos inglés y holandés, impulsados por el protestantismo reformado, el mercantilismo y el capitalismo comercial emergente, priorizaban la acumulación de riqueza mediante la subyugación de periferias tratadas como meros apéndices económicos sin derechos recíprocos ni integración política o identitaria. El modelo francés, aunque católico y absolutista, adoptó un mercantilismo igualmente excluyente, y el belga decimonónico representó una versión extrema de explotación personal y estatal sin pretensión alguna de cohesión imperial. Este enfoque facilitó la extracción intensiva de recursos, pero dificultó la creación de lealtades duraderas y aceleró los procesos de descolonización en comparación con el Imperio Español, que ofrecía un marco de fusión jurídica y cultural. De tal forma, el Imperio Inglés se erigía sobre un modelo extractivo y segregacionista, tratando sus colonias como enclaves periféricos subordinados al Parlamento metropolitano, sin equidad jurídica; las posesiones francesas, aunque aspiraban a una asimilación cultural selectiva, mantenían jerarquías raciales y administrativas que excluían a los nativos de la plena ciudadanía republicana; las colonias holandesas, gestionadas por compañías privadas como la VOC y la WIC, priorizaban el comercio de especias, esclavos y materias primas mediante alianzas pragmáticas e incursiones oportunistas, sin extender ciudadanía ni integración jurídica profunda, perpetuando un enfoque temporal y mercantil; y las colonias belgas, paradigmas de explotación brutal como el Congo bajo Leopoldo II, reducían los territorios a meros recursos humanos y materiales, desprovistos de cualquier noción de unión orgánica.

En este marco, la secesión de Centroamérica en 1821 representó una ruptura con una monarquía que la consideraba parte constitutiva de su estructura, mientras que la independencia, en sentido estricto, se consolidó con la afirmación de su soberanía como entidades autónomas.  

Cleto y Feliciano, al igual que los demás involucrados en la revuelta, enfrentaron las consecuencias de sus acciones. Con grilletes en las muñecas, fueron conducidos a lomo de mula hacia la ciudad de Guatemala, un trayecto marcado por el silencio y la incertidumbre. Más tarde, su destino los llevó aún más lejos: cruzaron el Atlántico rumbo a presidios en España, enviados a tierras distantes donde cumplirían su castigo. A pesar de las cadenas y el exilio, su participación en aquellos días turbulentos dejó una marca imborrable en la memoria de quienes presenciaron el amanecer de un nuevo capítulo para Centroamérica. 

Mediante la Real Orden emitida el 25 de julio de 1817, se dispuso la devolución de sus bienes a aquellos que permanecían encarcelados, ya fuera en América o en España, y se les concedió la libertad. Sin embargo, esta medida vino acompañada de una restricción: no se les permitió regresar a las tierras de donde provenían, obligándolos a rehacer sus vidas en otros confines. 

A pocos pasos del bullicioso Parque Central de Granada, se alza unMonumento a los héroes de 1811, Granada, Nicaragua imponente monumento que rinde homenaje a los próceres de la independencia de Nicaragua, entre los que destaca la figura de Cleto Bendaña.

El licenciado Cleto Bendaña emprendió un audaz viaje a Honduras, llevando consigo a sus hijos, Jesús y Emilio.

Don Jesús estudió medicina y fue un brillante médico y cirujano, formado en los prestigiosos claustros de la Facultad de Medicina de Guatemala. Su talento y dedicación dejaron una huella imborrable en el legado de sus descendientes.

La historia de Honduras guarda en sus anales el nombre de don Anacleto Bendaña como una figura de peso en un tiempo de cambios y convulsiones. En 1827, este hombre, nacido según algunos registros en 1781, ascendió al cargo de director Supremo de la nación, un título que lo colocó en la cima de la incipiente república durante un período de fragilidad y definición. No era un desconocido en los círculos de la agitación política: Vallejo, en sus crónicas, traza un retrato vívido de Cleto, destacando su papel en la rebelión de 1811, cuando se alzó junto a otros en un desafío que buscaba romper las ataduras con España.

Años después, su llegada a la jefatura suprema en Honduras lo convirtió en un protagonista clave en la construcción de una identidad nacional aún en ciernes. Bajo su mando, el país navegó las aguas turbulentas de la independencia recién ganada, enfrentando tanto las promesas de un futuro soberano como los ecos de un pasado que se resistía a desvanecerse. Cleto, con su experiencia forjada en la lucha y el exilio, asumió las riendas de un pueblo ansioso por encontrar su lugar en el mundo. Su liderazgo, breve pero intenso, dejó una huella que los historiadores aún hojean con curiosidad, preguntándose qué visiones y qué sombras guiaron a este hombre en su ascenso al poder.

III. José Miguel de Bendaña y Moscoso y Zurita – hijo de II. Juan Antonio.

Don José Miguel de Bendaña y Moscoso y Zurita fue una figura destacada de la élite de Granada (Nicaragua) en el siglo XVIII, representando el legado hidalgo de la familia Bendaña.

En su juventud ascendió al rango de capitán, comandando guarniciones para defender la ciudad contra amenazas externas, como corsarios ingleses en las costas del Pacífico y el Caribe.

En 1744 fue nombrado «Alcalde Ordinario de Granada», un cargo prestigioso en el Cabildo Secular que lo situaba como pilar de la administración local: velaba por la justicia cotidiana, resolvía disputas territoriales y supervisaba tributos virreinales. Presidió actos notariales importantes, como la exhibición pública de testamentos, reforzando lazos de lealtad entre familias hidalgas y preservando patrimonios. Estas acciones, documentadas en libros de cabildo y archivos parroquiales, consolidaron su posición en la estructura virreinal, tejiendo alianzas con linajes granadinos y contribuyendo a la estabilidad ante turbulencias secesionistas. Su trayectoria fusionó mando militar y rigor administrativo, perpetuando el honor de los Bendaña y pavimentando el camino para generaciones posteriores en el imperio español.

Contrajo matrimonio con doña Catalina Hurtado de Mendoza, según indican expedientes de limpieza de sangre; el apellido Hurtado de Mendoza, idéntico al de su abuela paterna, sugiere un enlace consanguíneo para consolidar derechos sucesorios sobre vínculos y capellanías.Participó en pleitos de hidalguía durante las reformas borbónicas, acreditando su linaje exento de «mala raza» para mantener exenciones fiscales y cargos públicos, como descendiente de un maestre de campo.

Pese a la fragmentación de archivos parroquiales de Granada por incendios y conflictos del siglo XIX, la evidencia genealógica permite inferir que uno de sus hijos fue Andrés de Bendaña y Moscoso, quien perpetuó la tradición de entrelazar apellidos prestigiosos de sus antepasados.

IV. Andrés de Bendaña y Moscoso y Hurtado de Mendoza – hijo de III. José Miguel.

Don Andrés de Bendaña y Moscoso, homónimo del fundador del linaje en Nicaragua y nieto de don Juan Antonio de Bendaña y Moscoso y Hurtado de Mendoza, ostentó hacia finales del siglo XVIII el cargo de «Escribano Real» en Granada, posición que lo convertía en custodio de documentos y garante de la legalidad en una sociedad donde la pluma rivalizaba con la espada.

En 1794, firmó una carta dirigida a las autoridades de Guatemala en defensa de don Miguel de la Quadra, lo que reflejaba su influencia y lo situaba como actor relevante en las intrigas políticas y lealtades que unían las élites nicaragüenses con la Capitanía General de Guatemala.

Una fuente anterior consigna su nacimiento en 1740, pero nuestra investigación genealógica lo sitúa en la cuarta generación como bisnieto del fundador, por lo que consideramos más verosímil que naciera hacia 1750-1755.

En noviembre de 1794, su firma aparece en documentos administrativos clave: el 19 de noviembre avaló un auto en Granada como «Escribano de Gobernación», colaborando con autoridades locales como Roberto Sacasa, Ubaldo Antonio de Pazos, Joaquín Solórzano, Joaquín Vigil, Manuel José de Bermúdez y Manuel Antonio Arana.

Este cargo, superior al de escribano real ordinario, estaba vinculado directamente al Gobernador provincial y le confería el manejo de correspondencia oficial con la Capitanía General y la Real Audiencia, así como la certificación de decisiones gubernativas en todo el territorio nicaragüense. Para 1794, don Andrés se había consolidado como uno de los funcionarios de mayor confianza y experiencia en la administración colonial.

Los instrumentos públicos que autorizó ese año reflejan los esfuerzos de la administración virreinal por preservar el orden en medio de tensiones internas y externas. En Granada, núcleo económico y comercial, su firma garantizaba la fe pública indispensable para el comercio, la administración de ejidos y tierras realengas, y la ejecución local de disposiciones emanadas de la Real Audiencia de Guatemala.

V. Ignacio de Bendaña – hijo de IV. Andrés.

Don Ignacio de Bendaña, hijo de don Andrés de Bendaña y nieto de don José Miguel de Bendaña y Moscoso y Zurita, nació en 1777 en Granada durante el período virreinal. Contrajo matrimonio con doña Rita Marenco de Masaya (Nicaragua). Del matrimonio de don Ignacio y de doña Rita descienden:

VI. Pastora de Bendaña y Marenco – hija de V. Ignacio.

Nacida el 25 de marzo de 1826, se unió en matrimonio con don Pío Bolaños.

VI.  Jesús de Bendaña y Marenco – hijo de V. Ignacio..

Aparentemente se trasladó a Guatemala.

VI. Francisco de Bendaña y Marenco – hijo de V. Ignacio.

Emigró a Colombia y luego a Costa Rica, aparentemente sin dejar descendencia conocida.

VI. Joaquín Bendaña Marenco – hijo de V. Ignacio.

Don Joaquín de Bendaña y Marenco fue el fundador de la línea de los «chompipes» en el seno de la familia. 

De don Esteban y don Joaquín emanan sendas líneas genealógicas que se distinguen no solo por su hermandad, sino también por los singulares motes que el ingenio y el humor criollo les han conferido.
A los descendientes de don Esteban se les conoce afectuosamente como «pollos», apodo que, según la tradición oral registrada en crónicas locales —particularmente en torno a Diriamba y sus alrededores— alude probablemente a la tez clara y los ojos azules que caracterizaron a buena parte de esa rama familiar, evocando así la imagen de un plumaje claro y una vivacidad ligera, casi juguetona.
Don Joaquín, de mayor estatura y robustez que don Esteban, legó a sus herederos el apelativo de «chompipes» —voz nicaragüense que designa al pavo, ave de porte majestuoso, nobleza serena y gorgoteo resonante—, emblema tradicional de la abundancia. El mote encierra, a un tiempo, reverencia tranquila y orgullo por la permanencia en la tierra, como el pavo que ostenta su plumaje en el corral familiar.

Estas dos denominaciones, de pollos y chompipes, impregnadas de ese humor tierno y socarrón tan propio de la cultura nicaragüense, no constituyen simples motes, sino verdaderos emblemas de identidad que han trascendido generaciones, tejiendo una rica urdimbre de anécdotas, parentescos y recuerdos que se transmiten en tertulias familiares.

Así, las dos ramas Bendaña han preservado no solo el apellido como un eco perdurable en la memoria colectiva nicaragüense, sino también un tesoro de folclore íntimo que, con su mezcla de ironía y cariño, refuerza los lazos de sangre y el sentido de pertenencia a una misma herencia compartida.

VI. Esteban de Bendaña y Marenco – hijo de V. Ignacio.

En las postrimerías de la época virreinal, cuando Granada aún resonaba con el tañido de campanas y el rumor de las carretas sobre empedrados, nació don Esteban, vástago de una ilustre casa. Su infancia transcurrió bajo la sombra protectora de un linaje que había dado obispos, regidores y capitanes. Muy joven aún, con el cabello recién rapado en la tonsura que marcaba su ingreso al seminario, don Esteban cruzó el umbral de la Iglesia como tantos primogénitos criollos de su tiempo, llevando sobre sus hombros adolescentes la expectativa de continuar una devoción familiar que se remontaba siglos.

En un informe de 1815, redactado por el obispo de Nicaragua y Costa Rica, se hace mención de don Esteban de Bendaña y Marenco, quien aparece registrado como tonsurado en Xinotepet, [63] conocida hoy como la ciudad de Jinotepe. Por aquel entonces, don Esteban era apenas un adolescente, con una edad estimada de entre 12 y 15 años. Al ingresar al seminario, había seguido la rica tradición de su linaje de servir a la Iglesia Católica. Este dato, conserva/do en los anales eclesiásticos, ofrece una ventana a los primeros pasos de una figura que, aún en su juventud, ya estaba vinculada a los ritos y las estructuras de su tiempo.

Don Esteban de Bendaña, a pesar de su temprana vinculación con la vida eclesiástica, optó finalmente por un rumbo distinto y dejó atrás la tonsura para abrazar la vida matrimonial. Se unió en matrimonio con doña Ambrosia Villavicencio y Umaña, una decisión que dio fruto a una prolífica descendencia.

De don Esteban y de doña Rita descienden:

VII. María Luisa Bendaña Villavicencio – hija de VI. Esteban.


Nacidada en 1824.

VII. Josefa de la Luz Bendaña Villavicencio – hija de VI. Esteban.

VII. José Rafael Bendaña Villavicencio – hijo de VI. Esteban.

VII. Josefa Gabriela Bendaña Villavicencio – hija de VI. Esteban.

Nacida en 1828.

VII. José de los Santos Bendaña Villavicencio – hijo de VI. Esteban.

Nacido el 8 de noviembre de 1829.

VII. José Tomás Bendaña Villavicencio – hijo de VI. Esteban.

Nacido el 9 de marzo de 1831.

VII. Julián Bendaña Villavicencio – hijo de VI. Esteban

Don José Julián del Carmen, públicamente conocido como Julián, nació el 16 de febrero de 1832 en la encantadora ciudad de Jinotepe, Nicaragua. Su vida, que se extendió hasta 1912, estuvo marcada por la pasión, la familia y un legado que se entrelazó en el tejido cultural de su tierra natal.

Don Julián encontró la compañera de su vida en doña Ramona Mendieta Valverde, una mujer cuya gracia y fortaleza solo eran igualadas por su notable herencia. Doña Ramona era hija de don Blas Mendieta, un audaz español que cruzó los mares para echar raíces en la vibrante ciudad de Diriamba, convirtiéndose en una de sus figuras fundacionales. Su madre, doña Pía Valverde, era celebrada no solo por su llamativa belleza, sino también por un carácter que dejaba una huella imborrable en quienes la conocían.

Juntos, don Julián y doña Ramona formaron una familia vibrante, cuya unión floreció en una descendencia de nueve hijos, cada uno de los cuales trazó su propio camino mientras contribuía al rico tapiz de su herencia. Don Miguel, un alma inquieta, era impulsado por una curiosidad insaciable que lo llevó a explorar más allá de los horizontes de Jinotepe. Doña María encontró amor y compañerismo con don Felipe Gustavo Cortés, su vínculo era un testimonio de sueños compartidos y devoción mutua. Doña Francisca, con su tranquila belleza, portaba una fuerza serena que cautivaba a quienes la rodeaban, su presencia era una fuerza calmante dentro de la familia.

Don Julián Bendaña Villavicencio y doña Ramona Mendieta Valverde.
Las imágenes reproducen retratos fotográficos de la época pertenecientes a don Julián Bendaña Villavicencio, captado en la madurez tardía de su vida, y a doña Ramona Mendieta Valverde, retratada en el esplendor de su juventud. Los retratos fotográficos del siglo XIX, limitados por tiempos de exposición prolongados que exigían rigidez absoluta en los retratados y por la escasa sensibilidad de las placas químicas incapaces de captar detalles sutiles del rostro, presentaban inevitablemente imperfecciones y rigidez expresiva. Para superar estas deficiencias técnicas y lograr una imagen más digna y armónica conforme a los ideales estéticos de la época, los fotógrafos aplicaban retoques manuales con lápiz, tinta o pintura sobre negativos o copias, difuminando defectos, suavizando facciones y eliminando elementos indeseables en busca de una representación idealizada. Las dos imágenes en color, por su parte, constituyen recreaciones contemporáneas generadas mediante inteligencia artificial, cuyo objetivo es aproximarse al aspecto real y natural que presumiblemente tenían los retratados, trascendiendo así las convenciones y restricciones del procedimiento fotográfico decimonónico.

Don Jesús, otro de sus hijos, conquistó el corazón de doña Luz Benigna Silva Baltodano, una mujer cuya elegancia solo era rivalizada por su hermana, la encantadora doña Laura. Su historia de amor se convirtió en un capítulo querido en la historia de la familia. Doña Pastora, con su espíritu cálido, unió su vida con don Alejo Mendieta Cascante, una relación que estaba arraigada en valores compartidos y un compromiso con la familia. Doña Mercedes, tal vez la más romántica de los hermanos, se enamoró profundamente de don Salvador Cortés. Su unión dio lugar a un legado que perduró a través de su hijo, don Alfonso, cuya poesía más tarde resonaría con la pasión y la profundidad del corazón de su madre.

Don Julián llevó el nombre y el espíritu de su padre, casándose con doña Pastora Mendieta Cascante y continuando la tradición familiar de forjar fuertes lazos familiares. Don Ignacio brilló intensamente como un faro del legado Bendaña, su vida reflejó los valores inculcados por sus padres: honor, resiliencia y amor. A través de sus hijos y las historias que dejaron atrás, la influencia de don Julián y doña Ramona perduró, siendo su familia una piedra angular de la herencia nicaragüense, celebrada por generaciones en los corazones de Jinotepe y Diriamba.

Asiento de bautismo de don Julián Bendaña Villavicencio

El autor de Historia de Diriamba se refiere a Julián y José Santos Bendaña Villaviciencio con animadversión, aunque no puede evitar reconocerlos como «hombres públicos» de su época. A Julián lo retrata como un acaudalado propietario de tierras y bienes valiosos, mientras que a José Santos lo presenta como un  abogado que desplegaba su talento litigando en los tribunales de Jinotepe. De Julián añade, que alcanzó la venerable edad de 80 años antes de partir de este mundo.

La historia registra que en 1856, durante su breve y tumultuoso mandato como presidente autoproclamado de Nicaragua, William Walker ordenó la confiscación de propiedades pertenecientes a 32 prominentes familias nicaragüenses, entre las cuales se encontraba la  familia Bendaña. La familia Bendaña, conocida por su arraigo y prestigio en la sociedad nicaragüense, vio cómo sus valiosas posesiones —tierras, haciendas y bienes— eran arrebatadas para ser redistribuidas entre los seguidores de Walker.

VIII. Paastora Bendaña Mendieta – hija de VII. Julián.

Doña Pastora contrajo matrimonio con don Alejo Mendieta.

VIII. Jesús Bendaña Mendieta – hijo de VII. Julián.

Don Jesús celebró su matrimonio con doña Luz Silva Baltodano, hermana de doña Laura Silva Baltodano, quien, a su vez, se casó con don Ignacio Bendaña Mendienta. De esta manera, el destino entrelazó los caminos de dos pares de hermanos, uniendo en un curioso y encantador giro a dos hermanas con dos hermanos.

VIII. Julián Bendaña Mendieta – hijo de VII. Julián.

Don Julián contrajo matrimonio con doña Pastora Mendieta.

VIII.  Mercedes Bendaña Mendieta – hija de VII. Julián.

Doña Mercedes Bendaña Mendieta, heredera de una estirpe ilustre, hijaPlaca colocada en la tumba del poeta Alfonso Cortes Bendaña, en la Catedral de León, Nicaragua del distinguido don Julián Bendaña Villavicencio —quien llevaba en sus venas la sangre de don Esteban Bendaña Marenco— unió su vida en un apasionado enlace con don Salvador Cortés Fonseca, un caballero de carácter aplacible. De esta unión, como si el destino conspirara para dejar una huella eterna, nació Alfonso Cortés Bendaña, un poeta cuyos versos resonarían como ecos de un alma atormentada y genial.

Alfonso Cortés Bendaña (1893-1969), poeta nicaragüense nacido en León, es considerado uno de los grandes exponentes de la literatura centroamericana, a menudo mencionado como el segundo poeta más importante de Nicaragua tras Rubén Darío. Su vida estuvo marcada por una genialidad poética y una tragedia personal: en 1927, a los 34 años, perdió la razón en la casa que había sido de Darío, diagnosticado con esquizofrenia, y pasó gran parte de su existencia encadenado o internado. Su obra, influida por el simbolismo francés y el postmodernismo, se distingue por su profundidad metafísica y un lenguaje alucinante que explora el espacio, el tiempo y la eternidad, como se aprecia en poemas emblemáticos como «Canción del espacio». Enterrado con honores en la Catedral de León junto a Darío, Cortés dejó un legado que trasciende su tormento, consolidándose como una voz única y visionaria en la poesía hispanoamericana. [66]

VIII.  Ignacio Bendaña Mendieta – hijo de VII. Julián.

D. Ignacio Bendaña MendietaDon Ignacio nació en Diriamba, Nicaragua, en 1878, en un contexto de transformaciones sociales y políticas que caracterizaban la época en Nicaragua. Fue un hombre de presencia imponente, distinguido por su elegancia natural y sus gustos refinados, cualidades que lo hacían destacar en cualquier círculo. Su vida estuvo marcada por una dedicación incansable tanto a su desarrollo personal como al bienestar de su familia, a la que consideraba el pilar de su existencia. En su juventud, tuvo la oportunidad de viajar a Francia para realizar sus estudios, una experiencia que no solo amplió sus horizontes intelectuales, sino que también pulió su carácter exquisito y su aprecio por las artes y la cultura, rasgos que lo acompañarían siempre.
Anotación de bautismo de don Ignacio Bendaña Mendieta
En el ámbito personal, don Ignacio contrajo matrimonio con doña Laura Silva Baltonado, una mujer que se convirtió en su compañera inseparable y con quien construyó un hogar lleno de armonía y principios. Juntos formaron una familia que él cuidó con esmero, demostrando ser un esposo y padre ejemplar. Don Ignacio se distinguía por su entrega absoluta a los suyos; con una mezcla de disciplina y ternura, forjó el carácter de sus hijos, preparándolos con sabiduría para los retos la vida. Les inculcó valores como la integridad, la perseverancia y el respeto, siempre reflejados en su propia conducta, que combinaba una determinación sólida con la delicadeza de un caballero de gustos refinados.

Don Ignacio falleció en su amada Diriamba en 1940, dejando un legado imborrable de amor familiar, fortaleza moral y una distinción que trascendió el tiempo. Su vida fue un ejemplo de compromiso, refinamiento y devoción hacia quienes más quería, marcando a las generaciones futuras con su elegancia y su carácter inolvidable.

Doña Laura, nacida en 1890 y fallecida en 1966, es una figura fascinante dentro del extenso y rico linaje de la familia Baltodano Parrales, una estirpe que ha dejado una huella imborrable en la historia agrícola, política y social de Nicaragua. Su ascendencia seDoña Laura Silva Baltodano remonta a la unión de don Cecilio Silva Sánchez y doña Catalina Baltodano Parrales, esta última, descendiente del matrimonio fundacional entre don Enrique Baltodano y doña Dolores Parrales.

Don Enrique Baltodano, nacido hacia 1827 en Diriamba, fue hijo de don Bernardo Baltodano, un navarro cuya llegada a Nicaragua marcó el inicio de una saga familiar notable. Don Enrique se unió en matrimonio con doña Dolores Parrales, hija del inmigrante español don Francisco Parrales de Sales. De esta unión nacieron nueve hijos —Moisés, José Ignacio, Román, Juana, María, Mercedes, Ercilda, Cecilia y Catalina— quienes se convirtieron en los pilares de las siguientes generaciones.

Catalina Baltodano Parrales, madre de doña Laura, heredó el espíritu perseverante y valiente de su padre, don Enrique, quien es recordado como un pionero en el desarrollo de Diriamba. La ciudad, conocida por su rica tradición cafetalera y su vibrante vida cultural, debe gran parte de su auge a familias como los Baltodano, quienes se destacaron por su dedicación al trabajo y su influencia en la esfera pública. Doña Catalina, al casarse con don Cecilio Silva Sánchez, dio continuidad a esta tradición, y de su unión nació doña Laura, quien vivió en una época de profundos cambios sociales y políticos en Nicaragua, incluyendo el auge de la producción cafetalera y las tensiones políticas del siglo XX.

De don Ignacio y doña Laura descienden:

IX.  Ignacio Bendaña Silva – hijo de VIII. Ignacio.

Don Ignacio nació en 1917 y se destacó como un eminente abogado especializado en derecho comercial y notarial.

IX. Fermina Francisca  – hija de VIII. Ignacio.

Nacida en 1918, su existencia fue efímera.

IX. Guillermo – hijo de VIII. Ignacio.

Don Guillermo nació en 1921 y falleció en 2014. Contrajo matrimonio con doña Zeneida García.

IX. América – hija de VIII. Ignacio.

Doña América nació en 1922 y falleció en 2017. El 11 de mayo de 1948 contrajo matrimonio con don Federico González Suárez.

IX. Carmen – hija de VIII. Ignacio.

Doña Carmen nació en 1923.

IX. Gloria – hija de VIII. Ignacio.

Doña Gloria nació en 1924 y falleció a los tres años de edad en 1927.

IX. Agustín – hijo de VIII. Ignacio.

Don Agustín nació en 1928 y falleció en 1987.

IX. Mercedes – hija de VIII. Ignacio.

Doña Mercedes nació en 1927.

IX. Laura – hija de VIII. Ignacio.

IX. Julián – hijo de VIII. Ignacio.

Dr. Julián Bendaña SilvaDon Julián Bendaña Silva nació en la ciudad de Diriamba, Nicaragua, el 5 de enero de 1920 y dejó este mundo en Managua, Nicaragua, el 29 de diciembre de 2017. Fue un distinguido abogado especializado en propiedad industrial, cuya carrera se destacó por su excelencia y dedicación, dejando una huella imborrable en su campo. Don Julián fue también un hombre dedicado a su familia, siempre preocupado por su bienestar y el de sus hijos, así como por su preparación académica, a quienes inculcó valores sólidos que guían sus vidas.


Don Julián unió su vida en matrimonio con doña Ester Guerrero Sampson, una mujer de gran belleza, carácter y procedencia notable, descendiente del linaje Guerrero de Arcos. Esta familia, con su propia historia de prestigio y arraigo, enriqueció aún más la unión, tejiendo un vínculo que fusionó dos legados profundos, cargados de tradición, honor y una herencia cultural que ha perdurado a través del tiempo.

Anotación del bautismo de D. Julián Bendaña Silva

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